Lo esencial es invisible a los ojos.

lunes, 17 de enero de 2011

Caía ya la tarde. El sol entraba al sesgo por la ventana y el fuego del hogar estaba muy vivo. Y... estábamos muy borrachos. No habíamos llegado a pedir la cena y yo me sentía más feliz que nunca en toda mi vida. Me acosté en el apelmazado colchón de piel de camastro con las manos detrás de la cabeza, observándole mientras sacaba el instrumento.
Se llevó el violín al hombro y empezó a puntear las cuerdas para hacer sonar la primera nota.
Me incorporé hasta quedar sentado y apoyado con la espalda contra la pared de madera; le miré fijamente, pues no podía creer en el sonido que empecé a escuchar.
Entró en la melodía desgarrándola, arrancando las notas del violín. Y cada una de ellas era translúcida y vibrante. Nicolas tenía los ojos cerrados, la boca un poco distorsionada, el labio inferior ligeramente ladeado; y lo que me encogió el corazón casi tanto como la propia tonada fue ver cómo su cuerpo se fundía con la música, cómo su alma se apretaba al instrumento como si fuera un sensible oído más.
Jamás había escuchado música como aquélla, tales vigor e intensidad, los rápidos y brillantes torrentes de notas que surgían de las cuerdas. Estaba interpretando una pieza de Mozart y tenía toda la alegría, la ligereza y el intenso encanto de cuanto Mozart escribió.
Cuando terminó, yo estaba mirándole, y me di cuenta de que tenía mi cabeza apretada entre ambas manos.
- ¿Qué os sucede, monseñor? -exclamó él, casi con impotencia.
Me puse de pie y le estreché entre mis brazos y le besé en ambas mejillas y besé el violín.


Anne Rice, Lestat el vampiro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario